Cuando aceptar al otro te reconcilia contigo mismo


Ahora que llega la Navidad, siempre recuerdo algo que aprendí y que me costó bastante tiempo. Me pasé años de mi vida tratando de cambiar a una persona muy cercana a mí. No comprendía por qué no pensaba como yo, por qué no se comportaba como yo quería, por que no era, en definitiva, como a mí me hubiera gustado que fuera.

En general, este “descontento” jugaba a todos los niveles y en todas las facetas de esa persona. Yo siempre esperaba más, siempre esperaba mejor, y me sentía decepcionada y frustrada cuando no conseguía lo que yo quería.

Acepta como te aceptan

Un buen día, comprendí que quizá esa persona no tenía por qué cambiar, y menos porque yo lo quisiera. Y que precisamente porque yo la quería, tenía que aprender a quererla tal cual era. Sabía que no iba a ser fácil, pero tenía que hacerlo. No podía seguir sacrificando años de relación, no podía seguir alejándome, sintiéndome mal conmigo y con ella. No podía cargar con tanta frustración.

Así que dejé de luchar contra mi amor por ella con condiciones, y aprendí a aceptarla tal cual era. Aprendí a relajarme y cambié mi actitud. Casi automáticamente, esto hizo que esa persona, de pronto, diera un cambio radical, y se pareciera mucho más a lo que yo siempre había deseado. ¿Entonces? ¿Fue mi cambio de actitud lo que cambió a esa persona? ¿O fue mi cambio de actitud lo que hizo que, por fin, viera que esa persona no era tan decepcionante, sino que en realidad era maravillosa y mi constante estado de alerta no me había dejado verlo?

¿No podrías hacer lo mismo tú?

Probablemente (ojalá que no, pero puede pasar, y quiero que leas esto por si eres a una de las personas a las que les pasa), esta Navidad tengas que sentarte a la mesa con gente que “no te cae bien”, con gente con la que no conectas (aunque sean familiares) o con gente a la que te gustaría cambiar, porque te encantaría que fueran de otra manera, que pensaran de otra manera.

¿Y qué hacer ante esta situación? Nada. 

No, en serio. No hacer nada es lo mejor. Como mucho, si quieres, puedes observar al resto de gente que hay en la mesa, gente que sabes que te quiere, a pesar de tus defectos y de tus faltas (porque sí, my friend, tú también los tienes). Si ellos te han aceptado tal como eres, si ellos incluso te quieren tal como eres, ¿no podrías hacer tú lo mismo con esa persona a la que has intentado cambiar durante mucho tiempo?

Sorprendentemente, simplemente intentándolo, estarás dando un paso de gigante. Y eso hará que veas a esa persona de otra forma, y eso hará que aceptes que tu realidad. Comprenderás que la gente de tu alrededor, es cierto, no es perfecta, pero es la gente que está. Simplemente piensa, ¿qué harías si alguna de esas personas te faltara? Da gracias porque estén ahí, aun siendo como son, porque puede que un día no lo estén y lo lamentes.

Aceptar a los demás, te reconcilia contigo mismo

Con todo esto lo que quiero decir es que, a veces, aceptar a los demás te reconcilia contigo mismo. Durante años, cargué con una pesada culpa, frustración, enfado y decepción constantes. Y cuando aprendí que yo tampoco era perfecta y que debía a aceptar a todo el mundo de una forma sana y sin prejuicios, todo ese peso desapareció.

Empecé a disfrutar de la gente que me rodea, incluso sabiendo que no iban a ser nunca lo que yo quería.

¿Y sabes qué? Que me alegro.

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