Cuando ser mediocre te hace ser extraordinario


Un día, no hace mucho tiempo, descubrí que la mayoría de las cosas que nos han contado acerca de la mediocridad, no tenían sentido para mí. No voy a decir que sean patrañas porque puede ser que a alguien le hayan valido de algo y no quisiera que se sintiera ofendido con mis palabras. Sin embargo, para mí, muchas de las cosas que nos han contado sobre ser un mediocre, sólo me han servido para traer más ansiedad y presión a mi vida, y en definitiva, ser más infeliz.

Porque ser mediocre es malo, dicen. Porque no debes conformarte con ser igual de común y corriente que los demás, dicen. Porque si sólo aspiras a ser un mediocre, no tendrás nada que hacer en tu vida, aseguran. Pero, y aquí va la pregunta del millón: ¿Qué pasa si siendo mediocre eres extraordinario? Sólo hay un puñado de genios en el mundo, gente virtuosa, sólo habrá un Mozart, un Einstein o un Steve Jobs. Y obviamente, ni tú ni yo somos como ellos.

¿Y qué? No pasa nada.

Quién quiere ser Mozart pudiendo ser feliz

Cuando comprendí que la clave de la vida no era intentar ser especial, me quité un gran peso de encima. No tienes que ser el más eficiente, ni el más perfecto, ni el más productivo; porque serlo (y sobre todo, intentar serlo 24 horas al día), acarrea unos niveles de autoexigencia, de disciplina, de rectitud y de miedo a decepcionar, que poca gente logra superar sin sentirse ahogado. Sin volverse loco.

Algunas veces parece que esta sociedad funciona de tal manera que si no eres especial, que si no tienes “algo”, que si no maravillas a las personas que están a tu alrededor, a tu pareja, a tu jefe, al señor director del banco, eres un mindundi. No se te ve. Eres poca cosa. No te mereces ninguno de tus logros. Eres un mediocre. Además, tienes que comunicarlo para hacer ver que eres especial, que tienes carisma, que eres responsable, que tu “mayor defecto” es que eres demasiado perfeccionista, que te has sacado este máster, que te han colgado esta medalla. Y foto por aquí, y otro logro más publicado en Internet. Porque da igual lo que consigas, si no le cuentas a la gente que lo has conseguido, si no lo gritas a los cuatro vientos, no se te ve. Eres poca cosa. No te mereces ninguno de tus logros. Eres un mediocre. Por eso una de las preguntas que nos hacemos los unos a los otros nada más conocernos es a qué nos dedicamos, porque metidos en la rueda de nuestra vertiginosa vida, parece que vale más lo que diga un diploma que lleva años cogiendo polvo en la pared, que lo que tengas que decir tú.

Y seas mediocre o seas un genio, amigo mío, lo que tienes que ser es feliz. Porque la vida no trata de lo que te han contado, trata de lo que tú mismo experimentes.

Lo que pasa cuando no consigues ser excelente

Cuando estás sometiendo tu vida a una constante presión por ser excelente, porque nadie te pueda cuestionar, por ser prácticamente perfecto en todo, pasan dos cosas: la primera es que quizá la gente que está a tu alrededor se dé cuenta, y efectivamente, esa constante presión esté dando sus frutos y te tengan por alguien así; la segunda, es que no mucho tiempo después, colapsas. No porque no seas suficientemente bueno, no porque no seas excelente (define “excelente”, por cierto. Exacto: hay tantas formas de ser excelente como personas), no porque no tengas grandes y buenos valores en ti. Sino porque pones tu excelencia al lado de la excelencia de los que realmente no son mediocres, de gente que realmente es especial, y te desinflas. Y te sientes poca cosa. Y de pronto nada tiene sentido, porque llevas tanto tiempo luchando tu excelencia, que has olvidado las cosas que te hacían especial por ti mismo, incluso esos defectos que tú tienes y que nadie más tiene.

Cuando colapsas, tienes dos opciones: sucumbir, o renacer. Y ahí es donde quiero llegar hoy:

Aprende a buscar tu felicidad en aquello que te hace común y corriente

Si quieres buscar tu felicidad, no la busques en aquellas cosas por las que eres especial, sino en aquellas que te hacen una persona común y corriente. En tener que levantarte cada día para ir a trabajar; en tener que hacer cola para comprar el pan; en los atascos, en que a veces te manchas al comer, en que si bebes coca-cola demasiado rápido te pica la garganta, en que hay veces que no sabes si una palabra se escribe con b o con v; en que no siempre te acuerdas de los cumpleaños, en que quedaste en llamar a alguien y se te olvidó; en que tus apuntes o tu forma de hacer algo no son tan perfectos, en que tú también te equivocas, lloras, gritas, discutes con tu pareja, o tienes días de mierda.

Porque en ese momento, cuando no luchas por demostrarle nada a nadie, es cuando surgen las buenas ideas, cuando las risas aparecen, cuando aprendes a reírte de ti, cuando comienzas a quererte tal y como eres, cuando te abres a los demás porque no tienes miedo a ser juzgado y cuando, aunque no seas Mozart ni Steve Jobs, surge una genialidad de ti que cambia tu vida por completo.

Foto de portada vía Pinterest