Lo que un huevo frito puede enseñarte acerca del miedo


Cuando hablo del miedo, lo hago de forma categórica porque lo conozco bien. Toda mi vida he sido una persona bastante asustadiza (y asustada). De niña lo era, pregúntale a cualquier miembro de mi familia. Mis primeros recuerdos, son de miedo. Y no tenía sólo los temores infantiles que son, aparentemente, “normales” (la oscuridad, quedarte solo en casa, la parte que cubre de la piscina -en mi caso, la piscina entera-), sino todo tipo de miedos como ir sola a comprar o, ya cuando era más mayor, los cambios, las situaciones nuevas, los ruidos si estaba sola en casa… o freír un huevo.

La vida se compone de miedos estúpidos y ridículos

Sí, me daba miedo freír huevos. Cada vez que pensaba en ello, una serie de imágenes y acontecimientos traumatizantes relacionados con el aceite hirviendo (y saltando descontrolado fuera de la sartén), aparecían en mi cabeza. Y me limitaban. Lo sé, puede que ahora mismo estés pensando “menudo miedo más estúpido y ridículo”. Pero es que, amigo mío, la vida se compone de miedos estúpidos y ridículos, de temores pequeños. Y cuanto mas pequeños, mejor, porque son “más tolerables” porque se hace más fácil vivir con ellos, porque no pesan, porque no sentimos la obligación de tener que cambiarlos para seguir con nuestra vida. Porque ser cobarde se hace mucho más llevadero.

Y si el placer fuera sólo ausencia de dolor, y si el dolor se borrara como las manchas. Si hubiera tintes para el corazón, no habría una razón para rimar hasta las tantas (Yemen, Kase.O)

Y de buena gana, si me hubiera tocado una, hubiera colaborado con ese tipo de madre que simulaba que su hijo siempre estaba enfermo y débil para tenerlo sobreprotegido bajo sus faldas. Porque así no tendría que haberme enfrentado a los miedos pequeños que me limitaban. Pero no, no tuve esa clase de madre. Al contrario, me tocó una mujer fuerte, trabajadora y valerosa, que había tenido que enfrentarse sola a sus miedos propios, y que no iba a tolerar que yo no me enfrentara a los míos (ni siquiera si eran tan “estúpidos y ridículos” como freír un huevo).

¿Te da miedo ir a comprar sola? Pues te mandaba a comprar. ¿Te da miedo freír un huevo? Pues te levanta de la cama y te obliga a freírlo.

Defendiendo tus debilidades, las haces “parte de ti”

Su estrategia no era muy delicada, pero sin duda era coherente. Yo lloraba, gimoteaba y me quejaba, pero mi madre se negaba a creer en mi propia debilidad o en mi propio miedo. Hoy me di cuenta que lo que yo estaba aciendo (ya fuera negándome a freír un huevo, a enseñar lo que escribía casi a escondidas o a hablar en público) era defender mis propias debilidades y alimentando mis propias limitaciones. Hoy me pregunto por qué lo hacía, para qué lo hacía, por qué lo necesitaba.

¿Y sabéis qué? Que no lo necesitaba.

Tú tampoco necesitas alimentar tus propias debilidades o miedos. Justificarlos. Decir que “son parte de ti” y no hacer nada al respecto. Porque el miedo es inútil, aburrido y limitante. Enfrentarte a él no es fácil, duele, te hace llorar y te asusta (nunca mejor dicho). Pero cada vez que lo haces, algo completamente nuevo se abre ante ti.

Aunque sea la libertad de poder freírte un huevo siempre que te dé la gana.

POSDATA:

Hay un tipo de miedo que necesitamos por razones de supervivencia básica. Tenemos un reflejo de miedo en nuestro interior que nos impide echarnos encima de los coches o lanzarnos al agua sin saber nadar. Ese tipo de miedo instalado por la evolución en nuestra naturaleza humana nos hace estar alertas y diferenciar las situaciones de peligro. Pero de este tipo de miedo ya hablaremos. Simplemente quería aclararlo porque, recuerda: una cosa es ser valiente y otra ser temerario. El primero, se enfrenta al miedo; el segundo no tiene ni idea de lo que significa esa palabra. Y, ¡sorpresa! Eso tampoco es bueno.